Apuntes de un diario
Darse cuenta. Aceptación y Apertura
Me detengo un momento para observarme,
algo esta pasando. ¿Qué es? ¿Qué es esta presión en el pecho? ¿A
qué se debe el ritmo acelerado de mi respiración? ¿Porqué este
nerviosismo y torpeza al manipular los objetos? Durante un rato
simplemente contemplo todo esto, sin emitir juicio alguno de
molestia, de bueno o malo, de posible incomodidad. Y entonces
descubro con asombro que tras todos estos síntomas que, a fuerza de
repetirse había asumido como algo normal y característico de mi
forma de ser, se ocultaba una causa que nunca me había atrevido a
aceptar o no había querido ver. Toda esa desazón tenían como
origen el miedo. Sí, el miedo, el temor. Pero, miedo a qué. No supe
averiguarlo hasta que profundicé poco a poco en su origen,
simplemente observando. Una observación sincera, sin trampas.
Descubrí que el origen estaba en la sutil manipulación que de mi
forma de estar en la vida había hecho hasta ahora mi mente. Me di
cuenta que mi forma de relacionarme con el mundo se basa en
programaciones, en el control y en el logro de expectativas que me
diesen una anhelada seguridad. Todo ello aprobado por mí de forma
tácita e inconsciente, como un hábito en el que no te cuestionas su
eficacia porque es costumbre.
Después de darme cuenta del origen había que dar el paso siguiente. Hasta ahora lo normal, cuando sentía angustia o ansiedad, era acudir a distracciones que menguaran los síntomas sin atajar la causa. Por eso veía una película, acudía a asaltar la nevera o pasaba horas conectado a Internet. Otra cosa que descubrí tras el ejercicio de observación atenta es que todas estas distracciones sólo servían para retrasar la solución, eran simples escapes que amortiguaban los síntomas pero no curaban la enfermedad. En este punto apliqué algo que solía leer en los libros de la tradición espiritual, se trataba de poner en práctica la aceptación. Intuía que esta era una poderosa herramienta de trabajo. Lo habitual en estos casos era lo que había hecho hasta ahora; evadirme y negarlo todo. No afrontar la realidad nunca me permitirían avanzar, dar un paso adelante. Por contra, la aceptación serena - una serenidad que te da por fin salir de la incertidumbre - suprime de entrada una posible confrontación que no haría más que retro-alimentar el conflicto interior por mantenernos siempre dentro de la esfera de lo mental, de los pensamientos (1). Me distancié de los pensamientos que creaban la angustia y ansiedad y me abrí a la Realidad como el que se despoja de una armadura pesada. Fue una sensación muy liberadora. Los sentimientos de desamparo y vulnerabilidad surgían de repente como queriéndome hacer reconocer lo equivocado de mi actitud. Sin caer en la trampa simplemente los observaba y gradualmente estas tentativas de la mente por llevarme a su terreno iban perdiendo fuerza hasta que se hacía el silencio. Las recaída en el estado de inconsciencia por supuesto sigue produciéndose, y seguirá así por mucho tiempo. Pero también es verdad que algo ha cambiado desde la primera vez que decidí tomar las riendas de mi responsabilidad (2). La resistencia de la mente no es la misma y cada vez más me siento acogido por una calma interior muy particular y que nada tiene que ver con la que te da la relativa tranquilidad que te ofrecen las condiciones externas de un “entorno seguro”.
Después de darme cuenta del origen había que dar el paso siguiente. Hasta ahora lo normal, cuando sentía angustia o ansiedad, era acudir a distracciones que menguaran los síntomas sin atajar la causa. Por eso veía una película, acudía a asaltar la nevera o pasaba horas conectado a Internet. Otra cosa que descubrí tras el ejercicio de observación atenta es que todas estas distracciones sólo servían para retrasar la solución, eran simples escapes que amortiguaban los síntomas pero no curaban la enfermedad. En este punto apliqué algo que solía leer en los libros de la tradición espiritual, se trataba de poner en práctica la aceptación. Intuía que esta era una poderosa herramienta de trabajo. Lo habitual en estos casos era lo que había hecho hasta ahora; evadirme y negarlo todo. No afrontar la realidad nunca me permitirían avanzar, dar un paso adelante. Por contra, la aceptación serena - una serenidad que te da por fin salir de la incertidumbre - suprime de entrada una posible confrontación que no haría más que retro-alimentar el conflicto interior por mantenernos siempre dentro de la esfera de lo mental, de los pensamientos (1). Me distancié de los pensamientos que creaban la angustia y ansiedad y me abrí a la Realidad como el que se despoja de una armadura pesada. Fue una sensación muy liberadora. Los sentimientos de desamparo y vulnerabilidad surgían de repente como queriéndome hacer reconocer lo equivocado de mi actitud. Sin caer en la trampa simplemente los observaba y gradualmente estas tentativas de la mente por llevarme a su terreno iban perdiendo fuerza hasta que se hacía el silencio. Las recaída en el estado de inconsciencia por supuesto sigue produciéndose, y seguirá así por mucho tiempo. Pero también es verdad que algo ha cambiado desde la primera vez que decidí tomar las riendas de mi responsabilidad (2). La resistencia de la mente no es la misma y cada vez más me siento acogido por una calma interior muy particular y que nada tiene que ver con la que te da la relativa tranquilidad que te ofrecen las condiciones externas de un “entorno seguro”.
1,- En este punto me acuerdo de las
palabras de Eckhart Tolle cuando dice que los problemas surgidos en
el nivel de lo mental no pueden solucionarse en ese mismo nivel, sino
que necesitan ser esclarecidos, iluminados en un nivel superior, en
el de la consciencia del Ser.
2,- Aquí comprendí lo que Eckhart
Tolle llama “Propósito interior” y lo que es la “Verdadera
responsabilidad” con nosotros y con los demás.

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